¿Una pandemia más mortífera que el ébola?

Por José María Medina Rey, director de Prosalus. El ébola no es nuevo, es un viejo conocido. Pero este brote nos está zarandeando con mucha intensidad. La OMS habla ya de unos tres mil muertos y varios miles de afectados, pero sin duda deben ser más.

 

En un mundo cada vez más global e interconectado, encontrarnos de golpe con una enfermedad de altísima mortalidad, muy contagiosa, para la que no se han desarrollado hasta el momento tratamientos adecuados, solamente algunas iniciativas en fase experimental, que podría propagarse y que alcanza a nuestro propio entorno cercano, genera en nosotros un gran temor, incertidumbre, preocupación y alarma.

Este brote epidémico nos está enseñando algunas lecciones muy importantes:

  • Cada día más, la salud es global. Incluso por egoísmo, no podemos desentendernos de la salud de nuestros hermanos de otros países. El mundo es ahora más pequeño y las enfermedades viajan más rápido. Lo pudimos experimentar en 2003 con la neumonía atípica (SARS), que se expandió en pocos meses a 30 países, y en 2009 con la epidemia de la gripe A que llevó a la OMS a establecer los máximos niveles de alerta.
  • Deberíamos estar atentos y dispuestos a cooperar para dar respuestas adecuadas a los problemas de salud no desde el momento de uno de estos brotes sino desde mucho antes, apoyando la investigación y la prevención, haciendo que algunas de esas enfermedades tropicales dejen de tener el apellido de “olvidadas”. La semana pasada, uno de los científicos que descubrió el ébola en 1976, Peter Piot, explicaba en una entrevista que en aquellos años pensó que esta enfermedad no era una gran amenaza porque los brotes eran siempre breves y locales. Pero parece que algo ha cambiado y que este nuevo brote nos ha pillado mal preparados. ¿Hemos desaprovechado casi 40 años para avanzar en la investigación sobre esta enfermedad?
  • Uno de los ingredientes más mortíferos de una epidemia de este tipo es la pobreza en que vive la población. La falta de condiciones higiénicas, el mal abastecimiento de agua potable y de saneamiento, la mala alimentación, las condiciones de las infraviviendas: todo ello, junto a sistemas sanitarios débiles y faltos de recursos, hace aumentar exponencialmente las posibilidades de propagación y dificulta la capacidad de frenar la enfermedad. Luchar de forma constante contra la pobreza y el hambre es una buena “vacuna” para estas situaciones.

Ojalá que el ébola no se nos olvide. Ojalá que no pierda interés y atención. Ojalá que sepamos aprender las importantes lecciones que nos está enseñando y reforcemos nuestro compromiso de cooperación por la salud y contra la pobreza. En los últimos cuatro años los fondos destinados por España a la cooperación en el sector de la salud se han reducido casi un 85%.

Pero tampoco olvidemos que tenemos entre manos una pandemia mucho más mortífera que el ébola, el sida y la malaria juntos. Una pandemia que es responsable de varios miles de muertes diarias. Sí, diarias. Una pandemia que parece que nos preocupa menos, quizás porque no es contagiosa. El hambre. En estos días se ha hecho público el informe anual de la FAO que actualiza las cifras del hambre en el mundo. Hemos avanzado algo, pero sigue habiendo más de 800 millones de personas hambrientas en el mundo, aunque se producen suficientes alimentos para una población incluso mayor que la actual.

A pesar de los compromisos reiterados de lucha contra el hambre que se vienen haciendo en la comunidad internacional en los últimos 40 años, los avances son muy pobres. El impacto de esta pandemia del hambre es brutal e inhumano, pero no reaccionamos. ¿Hay alguna esperanza? Sí, la hay, pero eso os lo contaremos el próximo día 16 de octubre, Día Mundial de la Alimentación.

Artículo publicado en el blog 3500 Millones    

 
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