En el marco del Día Mundial de la Alimentación y del Foro Mundial de la Alimentación (WFF 2026) en la sede de la FAO, el equipo de Enraíza Derechos alerta desde Roma de que no habrá transformación sostenible ni erradicación del hambre si no se garantiza el relevo generacional en el campo.
Cada 16 de octubre, el Día Mundial de la Alimentación vuelve a situarnos frente a una contradicción insostenible: mientras el planeta produce alimentos suficientes para abastecer a toda la población mundial, 645 millones de personas siguen sufriendo hambre crónica y cerca de 2 700 millones no pueden costear una dieta saludable.
Esta brecha global tiene un impacto directo en las comunidades campesinas. Con motivo de la celebración del Foro Mundial de la Alimentación (WFF 2026) en Roma, bajo el lema “Innovar hoy para nutrir el mañana”, desde Enraíza Derechos nos encontramos participando in situ en la sede de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) para trasladar una demanda colectiva: el relevo generacional en el campo no puede esperar.
«No podemos pedirle a la juventud que se quede en el medio rural si le negamos las condiciones materiales básicas para vivir de la tierra con dignidad. Innovar para nutrir el mañana no consiste únicamente en incorporar tecnología de punta; innovar es garantizar el derecho humano a la alimentación, abrir bancos de tierras públicas y proteger a la agricultura familiar frente a la especulación».
La trampa climática y el deterioro nutricional de las nuevas generaciones
En el mundo habitan 1 300 millones de jóvenes de entre 15 y 24 años, y el 46 % de ellos todavía reside en zonas rurales. A pesar de constituir la generación con mayor potencial formativo y digital, este colectivo soporta los impactos más severos de las crisis ecológicas y socioeconómicas globales.
El análisis recogido en el informe de la FAO "La situación de los jóvenes en los sistemas agroalimentarios" es concluyente: el 69 % de la juventud rural mundial —alrededor de 395 millones de personas— vive en regiones donde la productividad agrícola caerá drásticamente debido a la crisis climática. De ellos, más de 111 millones se encuentran ya en tierras catalogadas con la peor calidad productiva proyectada.
A esta vulnerabilidad ambiental se suma una paradoja alimentaria inaceptable: la inseguridad alimentaria moderada o grave entre los jóvenes ha escalado en los últimos años hasta alcanzar al 24,4 % a nivel global, registrando cifras alarmantes en regiones como el continente africano (42,7 %) y disparando carencias de nutrientes esenciales como hierro, zinc y calcio.
El muro de la tierra, la falta de jubilaciones y la brecha de género
Emprender en el campo se ha convertido en una carrera de obstáculos insalvable para las personas jóvenes. El elevado precio del suelo rústico, la especulación y la progresiva fragmentación de las explotaciones familiares impiden el acceso a fincas viables.
A ello se añade un cuello de botella social determinante: la falta de pensiones y coberturas de retiro dignas para los agricultores de mayor edad. Al no contar con una vejez protegida, los productores veteranos se ven forzados a retener la titularidad y gestión de sus tierras hasta edades muy avanzadas, postergando la sucesión a las nuevas generaciones. Si se suma que solo el 66 % de los jóvenes tiene acceso a una cuenta bancaria formal, la falta de crédito y patrimonio bloquea cualquier proyecto de emancipación agraria.
Esta barrera estructural se agrava cuando se analiza con perspectiva de género. En el medio rural, más del 20 % de la juventud se encuentra en situación de exclusión formativa y laboral, pero dos de cada tres personas en esta circunstancia son mujeres jóvenes. Esta brecha responde a que las mujeres asumen cerca del triple de carga de cuidados familiares y trabajo doméstico no remunerado que los varones, viéndose además históricamente marginadas del derecho a la herencia y titularidad de la tierra.
«La precariedad en el campo tiene un marcado rostro de mujer joven. Si las políticas públicas no reconocen ni redistribuyen las tareas de cuidados y no combaten las normas que bloquean su acceso a la propiedad, estaremos expulsando a las principales dinamizadoras de los sistemas alimentarios locales».
El motor del relevo: una oportunidad de 87 millones de empleos
Frente a los relatos que estigmatizan el medio rural como un territorio sin futuro, la realidad laboral refleja su rol determinante: el 44 % de los jóvenes trabajadores del planeta se desempeña en los sistemas agroalimentarios. Constituye, por amplio margen, la principal puerta de entrada al empleo juvenil.
La juventud, además, es el agente natural de transformación: lidera el uso de herramientas digitales para conectar la producción local con los mercados, apuesta por el manejo agroecológico y dinamiza los eslabones no agrícolas de transformación artesanal y circuitos cortos de comercialización.
Los estudios económicos corroboran que apostar por este relevo es rentable para toda la sociedad. Erradicar el desempleo y la exclusión de la juventud rural permitiría aumentar el PIB mundial en un 1,4 % (1,5 billones de dólares). De ese impacto, el 45 % provendría de manera directa del sector agroalimentario, generando más de 87 millones de empleos dignos.

De Roma a las políticas locales: cinco medidas urgentes para los gobiernos
A partir de las conclusiones recabadas en los diferentes encuentros mantenidos con juventud rural en los últimos dos años por parte de Enraíza Derechos y de los espacios de debate en la FAO, trasladamos una hoja de ruta concreta y exigible a las administraciones públicas:
- Bancos de tierras públicas y arrendamiento asequible: Habilitar registros de tierras comunales o infrautilizadas bajo fórmulas de alquiler social para jóvenes productores, facilitando incentivos de retiro digno para agricultores mayores y reformando ayudas para priorizar la incorporación joven.
- Cláusulas espejo y mercados justos: Aprobar leyes de reciprocidad comercial para exigir que todos los alimentos importados cumplan las mismas condiciones ambientales, sanitarias y sociolaborales que se imponen a la producción local.
- Compra pública sostenible y comedores colectivos: Flexibilizar la contratación pública en colegios, hospitales y universidades para garantizar que un porcentaje vinculante de los menús proceda de la agricultura familiar de proximidad y ecológica.
- Educación alimentaria en las aulas: Incorporar en la enseñanza primaria una asignatura troncal sobre el sistema agroalimentario que integre huertos escolares, soberanía alimentaria, nutrición básica y prevención del desperdicio.
- Acompañamiento intergeneracional y dignificación social: Articular redes de intercambio entre personas productoras veteranas y jóvenes, acompañadas de campañas de comunicación que reconozcan el papel esencial del campesinado en la sociedad actual.
«Desde Roma exigimos pasar de los discursos a los presupuestos y las leyes. Asegurar el relevo generacional en el campo es la única garantía para que las próximas generaciones puedan ejercer su derecho a una alimentación sana, justa para las personas y en equilibrio con el planeta».
