Las crisis geopolíticas suelen percibirse como fenómenos lejanos. Sin embargo, cuando afectan a los mercados energéticos globales, sus consecuencias llegan rápidamente a algo tan cotidiano como la cesta de la compra.

El informe “Del combustible a la mesa” (2025) del panel internacional de expertos en sistemas alimentarios sostenibles (IPES-Food) muestra hasta qué punto esta dependencia es profunda. El actual modelo alimentario consume alrededor del 40 % de los productos petroquímicos del mundo y cerca del 15 % de los combustibles fósiles, presentes en casi todas las etapas de la cadena alimentaria: desde la producción agrícola hasta el procesamiento, el transporte, el envasado y la distribución.

Las crisis geopolíticas como la guerra en Irán ponen en evidencia una vez más la vulnerabilidad estructural de los sistemas alimentarios, entre otras cuestiones, por su excesiva dependencia de los combustibles fósiles. Para proteger a agricultores y consumidores necesitamos reducir esta dependencia, apostando por una producción agroecológica y las cadenas alimentarias locales.

Del petróleo al plato: una cadena invisible

Aunque solemos pensar en el transporte cuando hablamos de energía y alimentos, la dependencia va mucho más allá. Gran parte de los fertilizantes sintéticos y pesticidas utilizados en la agricultura industrial se fabrican a partir de combustibles fósiles. De hecho, el informe de IPES-Food señala que el 99 % de los fertilizantes nitrogenados y pesticidas sintéticos proceden del petróleo o del gas.

Además, los sistemas alimentarios actuales utilizan grandes cantidades de plástico derivado del petróleo. De hecho, al menos el 3,5 % de los plásticos de todo el mundo se destinan a la producción alimentaria y el 10 % al envasado de alimentos y bebidas. Además, la agroindustria depende de maquinaria agrícola, sistemas de riego y procesos industriales intensivos en energía. En otras palabras, la comida que llega a nuestra mesa está profundamente ligada al sistema energético global.

Cuando sube el petróleo, suben los alimentos

Esta dependencia explica por qué los conflictos internacionales pueden tener un impacto directo sobre los precios de los alimentos. Cuando el precio del petróleo o del gas aumenta —algo habitual en contextos de tensión geopolítica— también suben los costes de producción agrícola, especialmente por el encarecimiento de los fertilizantes.

El resultado es un efecto dominó: los costes se trasladan a agricultores, distribuidores y finalmente a las personas consumidoras. Este fenómeno se ha observado repetidamente en las últimas décadas. Los picos en el precio de la energía suelen ir acompañados de aumentos en los precios de los alimentos, lo que incrementa el riesgo de inseguridad alimentaria, especialmente en los hogares más vulnerables.

Además, el informe advierte que la volatilidad de los precios se ve amplificada por la concentración empresarial y la especulación financiera en las cadenas agroalimentarias, lo que puede agravar aún más los impactos de las crisis globales.

Imagen de Julius Silver en Pexels

Un sistema frágil ante las crisis

La guerra en Irán o cualquier otro conflicto que sacuda los mercados energéticos pone de manifiesto una vulnerabilidad estructural: los sistemas alimentarios industrializados están diseñados en torno a insumos fósiles y cadenas globales altamente concentradas.

Cuando los fertilizantes nitrogenados —fabricados principalmente a partir de gas natural— se encarecen o escasean, los agricultores afrontan mayores costes de producción y, en muchos casos, menores rendimientos, lo que acaba repercutiendo en los precios de los alimentos.

Cada conflicto que sacude los mercados energéticos o interrumpe la cadena global de suministros es también una advertencia. Si queremos sistemas alimentarios más estables y justos, necesitamos reducir el poder de las grandes corporaciones, apostar por la agroecología y reconstruir circuitos alimentarios territoriales que nos hagan menos dependientes del petróleo y otros insumos.

En definitiva, lo que ocurre en un estrecho marítimo a miles de kilómetros puede terminar afectando al precio del pan, de las frutas o de las verduras en España. El caso del estrecho de Ormuz es un recordatorio claro de que la seguridad alimentaria global no depende solo de la producción agrícola, sino también de cómo están organizadas las cadenas energéticas, comerciales y productivas del sistema alimentario.

La transición hacia sistemas alimentarios más resilientes

Frente a esta vulnerabilidad, el informe de IPES-Food plantea una serie de cambios estructurales para reducir la dependencia de los combustibles fósiles en la alimentación.

Entre las principales propuestas destacan:

  • Eliminar progresivamente los agroquímicos basados en combustibles fósiles.
  • Impulsar la agroecología, que mejora la fertilidad del suelo mediante rotaciones de cultivos, leguminosas, agrosilvicultura o reciclaje de nutrientes.
  • Reforzar las cadenas alimentarias locales y territoriales, reduciendo la dependencia de largas cadenas globales.
  • Reducir el consumo de alimentos ultraprocesados, intensivos en energía y envases.
  • Disminuir el desperdicio de alimentos, especialmente en los países del Norte global.

Diversos estudios citados en el informe muestran que los enfoques agroecológicos pueden reducir significativamente la dependencia de fertilizantes sintéticos y mejorar la resiliencia de los sistemas agrícolas frente a crisis climáticas y económicas.

Repensar el sistema alimentario

Transformar los sistemas alimentarios no es solo una cuestión ambiental. También es una cuestión de seguridad alimentaria, justicia social y resiliencia económica.

Reducir la dependencia del petróleo en la producción de alimentos, fortalecer la agricultura local y diversificar las dietas puede ayudar a construir sistemas alimentarios más estables, capaces de resistir mejor las crisis globales.

Porque, en un mundo cada vez más interconectado e incierto, la forma en que producimos y consumimos alimentos también determina nuestra capacidad para afrontar los conflictos y las crisis del futuro.

Imagen de Tom Fisk en Pexels

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