Un medio rural vivo y unos sistemas alimentarios sostenibles son la mejor prevención frente a los incendios extremos.
Cada verano asistimos a las mismas imágenes: montañas envueltas en llamas, pueblos evacuados, miles de hectáreas calcinadas y un enorme despliegue de medios de extinción luchando contra incendios fuera de control. Sin embargo, cada vez resulta más evidente que el verdadero combate contra los incendios forestales no empieza cuando aparece el primer humo. Empieza mucho antes.
Europa está viviendo una nueva generación de incendios. Solo hasta el 6 de agosto de 2026 ya han ardido cerca de 500.852 hectáreas, más del doble de la media histórica y muy por encima del mismo periodo de 2025. Además, los incendios han emitido casi 18 millones de toneladas de CO₂, duplicando ampliamente los registros habituales.
Aunque el cambio climático está aumentando las temperaturas, prolongando las sequías y creando condiciones cada vez más extremas, sería un error pensar que esta es la única explicación. El otro gran ingrediente de esta tormenta perfecta está mucho más cerca de nosotros: el abandono del medio rural y un modelo de gestión del territorio que ha dejado de cuidar los recursos naturales y el paisaje.
El abandono del campo como combustible
Los incendios de última generación —también llamados de sexta generación— son capaces incluso de alterar la atmósfera que los rodea y generar sus propias tormentas de fuego. Son fenómenos asociados a la combinación de calor extremo, sequías prolongadas y enormes acumulaciones de vegetación seca que actúan como combustible continuo.
En otras palabras, el cambio climático proporciona las condiciones para que el fuego sea más intenso, pero es el abandono del territorio lo que le permite propagarse sin apenas obstáculos.
Durante siglos, los paisajes mediterráneos fueron el resultado de una intensa relación entre las personas y la naturaleza. La agricultura, la ganadería extensiva, la recogida de leña, el aprovechamiento forestal o el pastoreo mantenían un paisaje diverso, con cultivos, pastos y masas forestales que interrumpían el avance del fuego. Ese paisaje, construido durante generaciones, ha desaparecido casi por completo en las últimas décadas.
España ha perdido superficie agrícola y de pastos mientras aumenta la superficie forestal: halamos de medio millón de hectáreas de cultivo en una década, mientras que su superficie forestal supera ya el 55 % del territorio nacional. Situación provocada en gran medida por el abandono de tierras cultivadas. Al mismo tiempo, la producción agraria se ha ido concentrando en unos pocos modelos altamente especializados y orientados a la exportación, dificultando la viabilidad de muchas explotaciones familiares que históricamente desempeñaban un papel esencial en el cuidado del territorio.
El resultado es un paisaje continuo, homogéneo y con una enorme cantidad de biomasa acumulada. Exactamente el escenario que necesitan los grandes incendios para multiplicar su velocidad y su capacidad destructiva.
El mejor cortafuegos es un territorio vivo
Cada vez más estudios y organismos internacionales coinciden en una idea sencilla: prevenir incendios pasa por gestionar el territorio.
La propia Comisión Europea ha presentado una estrategia específica frente al aumento de los incendios forestales en la que sitúa la prevención basada en los ecosistemas como una prioridad, apostando por restaurar la naturaleza, construir paisajes resilientes y reforzar la gestión del territorio antes de que aparezcan las llamas.
La gestión forestal sostenible no consiste únicamente en limpiar montes o abrir cortafuegos. Significa entender el bosque como un ecosistema vivo que necesita planificación y actividad humana compatible con la conservación. Implica, entre otras medidas:
- Reducir la acumulación de combustible vegetal
- Favorecer la diversidad de especies y edades del bosque
- Recuperar el pastoreo extensivo
- Combinar espacios agrícolas, ganaderos y forestales
- Apoyar los aprovechamientos sostenibles del monte
- Implicar a las comunidades locales en su gestión.
Cuando estas prácticas desaparecen, el riesgo aumenta. Y cuando vuelven, el paisaje recupera capacidad para frenar el avance del fuego. Existen ejemplos muy claros: algunos viñedos de Valdeorras han funcionado como auténticos cortafuegos naturales; en Portugal, los sistemas tradicionales de dehesas mantienen baja la carga de combustible; y diversos proyectos de silvopastoreo en Cataluña han conseguido reducir significativamente la biomasa inflamable mientras generan empleo local.

Un sistema alimentario que calcina
A menudo pensamos en los incendios como un problema exclusivamente forestal. Sin embargo, también son una consecuencia del modelo alimentario. La agricultura y la ganadería familiares no solo producen alimentos. También mantienen abiertos caminos, conservan pastos, gestionan bosques, fijan población y preservan un conocimiento del territorio acumulado durante generaciones.
Diversos análisis sobre la transformación del sistema alimentario español muestran que avanzar hacia modelos más sostenibles —basados en la agroecología, el manejo sostenible de la superficie agraria, la ganadería extensiva o dietas más sostenibles— reduciría el riesgo de incendios al favorecer un mejor aprovechamiento del territorio y recuperar el uso silvopastoril de muchas superficies forestales.
No se trata únicamente de producir de otra manera. Se trata de recuperar una relación diferente con el territorio. Cada explotación agrícola que continúa abierta, cada rebaño que limpia el monte mientras pasta o cada joven que decide quedarse a vivir y trabajar en el medio rural está contribuyendo también a reducir el riesgo de futuros incendios.
Como recuerdan numerosas organizaciones agrarias, la prevención debe darse durante todo el año, manteniendo un paisaje vivo y productivo. Los cultivos, los olivares, los viñedos o los campos de cereal funcionan como auténticos cortafuegos naturales, mientras que el ganado evita la acumulación de maleza que alimenta las llamas.
Sin personas no hay paisaje resiliente
Existe una relación directa entre despoblación y vulnerabilidad frente a los incendios. Cuando desaparecen agricultores y ganaderos, también desaparece la gestión cotidiana del territorio. El monte avanza sobre antiguas tierras agrícolas, se acumula combustible vegetal y se pierde un conocimiento imprescindible para convivir con los ecosistemas mediterráneos.
Por eso hablar de prevención también significa hablar de empleo, de relevo generacional, de oportunidades para la juventud rural y de políticas públicas que hagan viable vivir del campo.
No basta con reconocer el papel estratégico del sector primario si quienes producen alimentos no pueden obtener una renta digna o encuentran cada vez más dificultades para desarrollar su actividad. La prevención necesita personas. Y esas personas necesitan condiciones para quedarse.
La prevención también se cultiva
En Enraíza Derechos llevamos años defendiendo que transformar los sistemas alimentarios no consiste únicamente en cambiar cómo producimos o consumimos alimentos. Significa construir territorios más justos, resilientes y capaces de cuidar tanto a las personas como a la naturaleza.
Por eso trabajamos junto a organizaciones campesinas, administraciones públicas, centros educativos y comunidades rurales impulsando la agroecología, fortaleciendo la gestión sostenible de los recursos naturales, promoviendo la participación de las comunidades y apoyando a la juventud para que encuentre oportunidades de formación, emprendimiento y liderazgo en el medio rural.
Creemos que el relevo generacional es una de las herramientas más poderosas para prevenir los incendios del futuro. Porque una persona joven que puede vivir dignamente de la agricultura, la ganadería o la gestión sostenible del territorio no solo produce alimentos: mantiene vivo un paisaje que protege a toda la sociedad.
Frente a unos incendios cada vez más extremos, necesitamos más biodiversidad, más agricultura familiar, más ganadería extensiva y más personas cuidando el territorio, además de más y mejores medios de extinción.
En definitiva, necesitamos comprender que una adecuada gestión de los recursos naturales y un sistema alimentario sostenible son una de las mejores políticas de prevención de incendios.
Fuentes consultadas:
- Sistema Europeo de Información sobre Incendios Forestales (EFFIS)
- Comisión Europea: Nueva estrategia europea frente a los incendios forestales (2026).
- Alimentta: La urgencia de un modelo alimentario alternativo que combata los superincendios.
- Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico. Directrices básicas comunes de gestión forestal sostenible.
- AECID: La gestión forestal para la prevención de los incendios forestales.
- El Salto: Megaincendios: del fuego controlado al paisaje mosaico.
