El desperdicio alimentario continúa siendo uno de los principales retos ambientales, económicos y sociales de las sociedades avanzadas. El Departamento de Alimentación, Desarrollo Rural, Agricultura y Pesca del Gobierno Vasco ha presentado el segundo diagnóstico del desperdicio alimentario en la cadena alimentaria vasca, elaborado por Elika Fundazioa.
Enraíza Derechos ha participado en este diagnóstico, realizando el estudio del desperdicio en hogares. Han participado más de 140 hogares que, durante una semana, han registrado minuciosamente todos los alimentos que han tirado a la basura. Los resultados son positivos si los comparamos con el estudio realizado en 2022: los hogares vascos han reducido su desperdicio un 10,47%, lo que equivale a cerca de siete kilos menos por persona al año. Aun así, continúan siendo el principal foco de desperdicio, al concentrar aproximadamente la mitad del total generado.
¿Qué es lo que más se tira en los hogares?
Las frutas siguen siendo el grupo de alimentos más desperdiciado, el 39,17% del total, seguido de lejos por los platos/recetas (14,38%) y en tercer lugar por las verduras y hortalizas (10,39%). Solo estos tres grupos de alimentos suponen cerca del 65% del desperdicio generado, por lo que la actuación sobre estos tres grupos, podría suponer una gran reducción a partir de prácticas sencillas. Si sumamos los grupos de “leche” y “lácteos y derivados” (12,56%), tendríamos caracterizado más del 75% del desperdicio.
¿Por qué terminan en la basura?
Los restos de plato son el principal motivo del desperdicio para la parte comestible (más del 52%); sin embargo, para el volumen global, el principal motivo es “partes no aprovechadas durante el cocinado”.
¿Qué podemos hacer?
Reducir el desperdicio alimentario pasa por actuar sobre múltiples dimensiones: la organización doméstica, los valores individuales, el reparto de responsabilidades en el hogar y la conexión entre compromiso ambiental y prácticas cotidianas. Una intervención eficaz requerirá combinar enfoques educativos, herramientas prácticas y dinámicas colectivas que permitan transformar hábitos profundamente arraigados. En este sentido, el papel de la sensibilización y la visibilización de buenas prácticas en todos los actores de la cadena se vuelve especialmente relevante.
