Las otras caras del covid-19 en bolivia

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La nueva normalidad incluye tendencias vergonzantes que no podemos admitir que vengan para quedarse. En un mundo en el que el hambre no ha dejado de aumentar desde 2015 -justo el año en el que la comunidad internacional se comprometió a erradicar el hambre, entre otros desafíos asumidos por la Agenda 2030-, 135 millones de personas se encuentran en situación de inseguridad alimentaria aguda, es decir, poblaciones con desnutrición aguda alta o superior a la habitual, cifra mayor que en años anteriores.

Este dato fue publicado hace escasos días en el Informe mundial sobre crisis alimentarias 2020, elaborado por una red internacional de 16 organizaciones, entre las que se encuentran FAO, OCHA, PMA, UNICEF y la Unión Europea. En el informe se recoge además, que 183 millones de personas en 47 países están en situación de estrés, es decir, tienen un consumo de alimentos mínimamente adecuado pero no pueden permitirse gastos esenciales no alimentarios y corren riesgo de caer en fases más graves de inseguridad alimentaria.

Y paradójicamente, como ya ha ocurrido en otras crisis alimentarias, la población campesina de los países empobrecidos, la que produce el 80% de los alimentos que consumen sus compatriotas, es la que más va a acusar esta otra pandemia, que no se ve ni contagia, pero que mata, y mucho.

Ya lo estamos viendo en los territorios andinos de Bolivia donde trabajamos. Sin que haya un sólo caso confirmado de coronavirus, la situación desencadenada por éste lo está cambiando todo en las áreas rurales más remotas del país.

La seguridad alimentaria y los medios de vida de campesinas y campesinos y sus familias, de por sí frágiles, están más amenazados que nunca antes en las últimas décadas. Observamos dinámicas preocupantes, como los problemas en la comercialización de la cosecha recién recogida.

Las estrategias de seguridad alimentaria de las familias campesinas necesitan de la reserva de parte de la cosecha para semilla, así como de la comercialización de los excedentes de producción para adquirir tanto los alimentos no disponibles en sus comunidades como los productos que necesitarán para la próxima campaña agrícola. Sin embargo, el miedo al contagio ha paralizado la salida de las comunidades para la venta, con lo que las familias dispondrán de menor variedad de productos alimenticios y se comerán literalmente sus posibilidades de una buena cosecha a futuro.

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